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El derecho de llamarse Marcela

Luego de diez años, la justicia finalmente reconoció que Marcela Romero se llama Marcela Romero. La activista trans reclama ahora que el Congreso sancione la Ley de Identidad de Género.

Marcela Romero

En El multiculturalismo y la política del reconocimiento, el pensador canadiense Charles Taylor afirma que "nuestra identidad se moldea en parte por el reconocimiento o por la falta de éste; a menudo, también, por el falso reconocimiento de otros, y así un individuo o grupo de personas puede sufrir un verdadero daño, una auténtica deformación si la gente o la sociedad que lo rodean le muestran,como reflejo un cuadro limitativo, o degradante o despreciable de sí mismo".
Si lo sabrá Marcela Romero, reconocida activista trans y vicepresidenta de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans. Diez años tuvo que esperar para ser reconocida por la justicia, que esta semana finalmente aceptó que el nombre con el que siempre se ha llamado figure en su documento. "Soy la que soy y no otra ni otro, me llamo como me llamo, como todos me llaman, y mi identidad es esa que vivo, y no la que figura en unos papeles amarillentos con un sello oficial del Registro Civil, que nada dicen sobre mí", había declarado Marcela días antes del fallo por el cual el Juzgado número 2 de San Martín aprobó finalmente la documentación que le permitirá obtener un nuevo DNI y una nueva partida de nacimiento.

Pero el caso de Marcela es uno más entre cientos. El vacío legal impide a travestis y transexuales el reconocimiento legal de sus identidades y las obliga a someterse a largos y difíciles procesos judiciales.

En el Rosedal de Palermo, Guadalupe sueña con dejar la calle y dedicarse al teatro. Pero un documento con nombre de varón se levanta entre ella y sus sueños como un muro infranqueable. "Todas deberíamos poder tener otro trabajo, no estamos incapacitadas, pero nos resulta muy difícil conseguirlo. Tenemos que ir, poner la cara y entregar un currículum con nombre de hombre. A mí me da mucha vergüenza", explica. En su documento no dice Guadalupe.

Consecuencias.

La discriminación que sufren travestis y transexuales en la Argentina tiene terribles consecuencias sociales. Según una encuesta realizada en Capital Federal, Gran Buenos Aires y Mar del Plata y publicada en el libro La gesta del nombre propio, de Lohana Berkins (ALITT), el 80% de las travestis y transexuales encuestadas ejerce la prostitución. El libro registró un total de 420 muertas en los cinco años anteriores a su publicación: el 60 por ciento murió de sida, otro 17% fue asesinada. Según el testimonio de un médico del Hospital Muñiz, a las pacientes travestis con hiv “nunca se les preguntaba a cuál sala querían ir. Allí comienza una primera situación de conflicto: no querían ir a la sala de varones porque eran abusadas por pacientes, familiares de enfermos o por los propios enfermeros”.

Las 302 encuestadas manifestaban tener dificultades para acceder a la vivienda, el sistema de salud o la educación, y más del 90% denunciaban sufrir sistemáticamente algún tipo de violencia. Más del 85 por ciento de las entrevistadas había sufrido abuso policial, y el 90 % había pasado por una detención ilegal. Según el censo oficial de 2001, la deserción escolar entre la población travesti duplicaba a la de la población general. Más del 60 por ciento de las entrevistadas que abandonaron la primaria asumieron su identidad de género antes de los 13, y el motivo de la deserción fue la discriminación.

En la calle, ejerciendo la prostitución, se encontraron con uno de los pocos espacios sociales donde son reconocidas como ellas mismas, donde sus nombres valen y sus documentos no importan. La calle, dura, llena de muerte y represión, pero respetuosa de sus identidades, las acepta ellas y las desea en la identidad de género construida y vivida más allá de las normas.

El nombre. En El nombre, una maravillosa pieza teatral de Griselda Gambaro, una empleada doméstica va adoptando las identidades que sucesivamente le imponen sus patronas. Hasta que un día se cansa: "La señora me dice sin maldad, '¿Cómo te llamas?' Yo vacilé un poco, canturreé como el río, y la señora se asustó. No entendía. Quería un nombre de persona, de gente. Entonces pensé, para darle gusto, y elegí el nombre más hermoso: Eleonora. Y me dijo: 'No, te pido un favor, ¿puedo llamarte María? Es tu nombre. María' Y casi sonaba bien como lo decía ella. María. Pero no quise. '¿De quién es ese nombre, señora? No mío. Cámbiese usted el nombre'".

En el Rosedal, las sin nombre denuncian:

—A veces se muere una chica y en los hospitales la registran como "NN", porque nadie sabe cómo se llama .

"Yo soy Juan", dice Cabandié a cada persona que conoce. "Juan", repite, y da la mano. Robado por la dictadura cuando nació en el centro clandestino de detención ubicado en la ESMA, había sido educado por una familia de apropiadores, que lo hicieron llamarse de otra forma. Pero él soñaba que se llamaba Juan, como su madre le había puesto antes de ser asesinada por los genocidas. "Juan", repite ahora cada vez que puede, porque su nombre es hoy una de las cosas más importantes que tiene de su historia.

Las travestis tienen nombres, y reclaman que la ley los reconozca.

Una ley por la identidad. A fines del año pasado, una multitud de travestis se reunió a las dos de la mañana en su lugar de trabajo. Iban a debatir sobre el nombre. Sobre sus nombres.
—A continuación, vamos a votar la Ley de Identidad de Género. Las que estén por la afirmativa que levanten su mano —propuso María Rachid, presidenta de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT), y cerca de cien brazos se alzaron bajo la noche del Rosedal, mientras los clientes daban vueltas por la zona en auto, esperando, deteniéndose cerca para observar, quizás preguntándose qué pasaba.

—Aprobado por unanimidad —confirmó Rachid, y el "recinto" estalló en aplausos.

Por una noche, las travestis hacían de cuenta que eran legisladoras.

—Cuando tengan su DNI con su nombre, quizás alguna de ustedes pueda ser candidata. ¿Por qué no? —propuso entonces Silvia Augsburger, diputada socialista, autora de un proyecto de ley que de aprobarse permitiría a las personas trans obtener, mediante un sencillo trámite administrativo, la rectificación de sus partidas de nacimiento y sus documentos.

Augsburger, oriunda de la provincia de Santa Fe, donde otro socialista es gobernador, se acercó al Rosedal para conversar con las travestis sobre el proyecto, en cuya redacción habían colaborado algunas de ellas. Una de las participantes la resumió así: "Con esta ley daremos un paso adelante: que el Estado nos reconozca. Hoy, para el Estado, yo no existo".

Melina, que llegó hace un año y medio de Azul, ni siquiera tiene un documento con nombre de varón, porque en el Registro Civil de su ciudad no se lo quieren dar: "Porque mi cara no coincide con mi nombre, y no lo entienden". Ella también sueña con cambiar de vida, pero dice que es difícil. "Me hice travesti a los 15 años, y a esa edad no tenés muchas alternativas. Tenés que trabajar de esto para sobrevivir; es lo que nos toca".

Varias historias, dudas y preocupaciones fueron apareciendo en la asamblea con la diputada.

Una de las chicas pregunta si el proyecto contempla a las menores de edad, y la diputada asiente: "el proyecto prevé que puedan acceder al cambio de datos registrales, respetándose los recaudos que para este tipo de decisiones contempla la Declaración de los Derechos del Niño".

Otra de las dudas tiene que ver con la posibilidad de cambiar de nombre sin operarse.

—Era una de nuestras preocupaciones, ya que muchas queremos cambiar nuestros genitales, y muchas no. Mi identidad es femenina más allá de eso, no necesito bajarme los pantalones para demostrar nada —explica Pía.

La diputada aclara entonces que el proyecto no exige cambios en el cuerpo para cambiar los documentos, ya que respeta el derecho a la identidad "tal como está reconocido en los tratados internacionales de derechos humanos". Tampoco se habla de "disforia de género", un término médico con una fuerte carga discriminatoria, que trata a las personas trans como enfermas.

—Nosotras no estamos enfermas. Sólo queremos ejercer nuestro derecho a la identidad, como ciudadanas que somos —dice Marcela.

—¿Todas ustedes me conocen? —pregunta Claudia Pía Baudracco, dirigente de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero Argentinas, y todas responden que sí—. ¿Alguna sabe el nombre que figura en mi DNI?

La pregunta las sorprende. Está claro que ninguna lo sabe. Entonces, Pía insiste:

—Si tengo un accidente, me van a buscar en los hospitales por Claudia Pía… ¿Cómo van a hacer para encontrarme?

El derecho al nombre propio, negado hasta en situaciones límite.

"Este fue el primer año que voté, y es un golpe bajo para la autoestima: fue horrible hacer la fila de hombres, que todos me miren, que me llamen por ese nombre… Me sentí humillada. Pero caí en la cruel realidad: o te la bancás o no votás, que es lo que hacen muchas chicas", explica Guadalupe a Crítica de la Argentina. Con 21 años, llegó hace poco tiempo a Buenos Aires, pero espera poder realizarse un implante mamario y volver a Mendoza, donde trabajó de vendedora en un local de ropa.

"No quiero seguir haciendo esto. No es fácil acostarte con alguien que no te gusta para sobrevivir. Admiro a las chicas que están acá hace años; hay que aguantarlo. Y después de los treinta años se acabó, porque tu cuerpo no es el mismo y hay chicas nuevas, más lindas", relata.

Mientras espera que las comisiones comiencen a tratarlo, la diputada Augsburger detalló a Crítica de la Argentina los alcances de su proyecto. Cualquier persona trans podrá solicitar el cambio de sus datos registrales, para que se rectifique la partida de nacimiento y se emita un nuevo DNI, en el que figuren el nombre y el sexo de la vida real. Ya no será necesario iniciar juicios que demoran años y cuestan mucho dinero, ya que el trámite será administrativo. Una oficina especial resolverá las solicitudes, con un plazo máximo de noventa días, sin intervención judicial.

La iniciativa dispone también la creación de una oficina que deberá encargarse de impulsar políticas de inclusión para reparar las consecuencias que tantos años de discriminación les han causado. También está preparando un proyecto que contemplará una amnistía previsional, para que las personas trans en edad de jubilarse que no tengan aportes puedan igualmente acceder al beneficio.

El proyecto de Augsburger ya ingresó en la Cámara Baja con las firmas de doce legisladores de diferentes bancadas, del oficialismo y la oposición. Lo acompañan Remo Carlotto, Miguel Bonasso, Marcela Rodríguez, Leonardo Gorbacz, Carlos Raimundi, Delia Bisutti, María del Carmen Rico, Norma Morandini, Eduardo Di Pollina, Claudio Lozano y Laura Sesma.

La diputada destaca que presentará otro proyecto para autorizar las operaciones y que las cubra el sistema de salud, "pero no quisimos mezclar los documentos con las operaciones, por eso serán dos leyes distintas".
 
  POR BRUNO BIMBI